Siguiéndome

Al llegar a mi casa, y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme. No sé a dónde me llevaba ni que intentaba. Íbamos por la calle principal del barrio, pero enseguida se metió por una calle secundaria. Una vez cogido su ritmo, me pude fijar en él, tenía el pelo como un ovillo enredado y la barba de dos meses, parecía el yo de hace tres años.  También llevaba esa camiseta de rayas horizontales, que solía ponerme en esa época y que ahora no lo haría ni muerto, me trasmite malos recuerdos. No entendía muy bien de que iba todo esto. No podría tratarse de una alucinación pues no había causa alguna, hace mucho que ya no consumía.

SIGUIENDO

Pero…  ¿Y si fuera exactamente el yo del pasado? ¿Y si fuese un intento de decirme algo? Tras este debate interno, perdí el ritmo. Su paso era bastante ágil y costaba seguirle sin llamar la atención, esquivando todos los obstáculos urbanos que se me presentaban. Temía que si se girase y me viera, acabase esfumándose como Eurípides en la oscuridad.

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La tía Asun se enamoró solo una vez en la vida

Ocho de la mañana. Hoy no voy a clase. Hoy se supone que es un día triste, a pesar de que no me siento así, pero está estipulado que debe ser así, porque voy un funeral. Ha muerto mi tía Asun. Cuando llegué realmente había pocas personas llorando. Y eso me hacía sentirme culpable porque estaba en un entierro y no me sentía triste a pesar de ver un familiar ahí tumbado con los ojos cerrados. Pero en parte, sé que no era del todo culpa mía sino de la relación distante que mantenía con esa mujer vieja, soltera y amargada que llamaba tía.

destaque1_tia-asunCuando terminó el funeral mi familia y yo nos dirigimos a su casa para recoger sus cosas, y a mí me tocó la habitación de invitados y su habitación. Primero hice la habitación de invitados y fue horrible, las motas de polvo inscrustradas junto con las telarañas ya formaban parte de la decoración . Una vez acabada esta primera habitación, cansada, me dispuse a terminar de una vez por todas con su habitación. Era aún peor, el doble de grande y sucia, que hizo que me enervara aun más. Mientras estaba empaquetando sus cosas personales… refunfuñaba: -¿por qué diablos tenías yo que hacer esto?, ¡pringar un jueves en una casa vieja cuando realmente podría estar haciendo algo mucho más interesante!, porque apenas la conocía, ¿qué había hecho ella por mí?- De repente abrí el armario de ropa, me quedé anonadada porque había más cajas que ropa, tan solo tenía cuatro camisas, tres faldas y poco más. Entonces aparqué mi enfurruñamiento para llenar mi cabeza de ¿Cómo había acabado así?¿Qué había pasado en su vida para que terminase así, sola amargada, “pobre”, teniendo como única familia a nosotros? En ese barullo de pensamientos, interrogantes sin respuesta aparente, me di cuenta de que entre todas las cajas de cartón que contenían recibos, cartas del banco, periódicos viejos…… había una caja distinta, pequeñita, de metal, que captó toda mi intención. Hizo que paralizase mi labor de ordenar y recoger, para centrarme en ella, para matar mi curiosidad viendo lo que había dentro.

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Así que no tardé un segundo más en abrirla. En su interior albergaba unas hojas amarillentas acompañadas de unas motitas de polvo. Pensé que serían unas cartas, pero esa primera impresión se desvaneció en el momento que me dispuse a leer para darme cuenta de que en realidad era un diario, solo que no estaba en el formato al que estamos acostumbrados. Fue escrito en el 53, cuando ella más o menos tenía 28 años.

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