El poeta frustrado. Parte I

balcón_abierto

Aquella noche la luna había sido testigo de un atroz acontecimiento, tras el cual quedó escondida entre las nubes, pues no quería iluminar tan horrible escena. A través del balcón, el baile de las cortinas al son del viento dejaba entrever a la inocente Cayetana, que yacía en suelo sin aquella dulce sonrisa y ese brillo en los ojos que la caracterizaba.

Su larga y densa melena negra, con la que un pretendiente podría trepar por su balcón, se teñía poco a poco de un rojo oscuro, como el de un pétalo de rosa marchito. A lo lejos ya no parecía ella.

Pasó un tiempo hasta que Martina pegase un grito desgarrador que acabó en un llanto indefinido cuando vio el cuadro que se había creado en aquella sala. Se asomó corriendo al balcón en busca y captura del autor, pero había ni un rastro de él.

Madrid, 1880                                                                                        

cayetana_21poeta

***

A Gerardo, un joven bohemio de pensamiento pero elegante de aspecto, todavía le daba vértigo el hecho de haber dejado atrás toda su vida anclada a su pueblo para afrontar esta nueva etapa en la gran ciudad. Aunque sabía qué era lo que tocaba para conseguir su sueño. Nada más llegar, consiguió un trabajo como aprendiz de redactor en una gaceta de Madrid. Su soltura con las palabras, su desparpajo con los temas y su ingenio le permitieron ascender con rapidez. Aunque su verdadera pasión era la poesía.

Eterna alma solitaria sin satisfacción, escribía versos de amor al reflejo de una vela, que tenía que reponer cada noche. La búsqueda incesante del amor perfecto y sus relaciones imposibles eran el tema central de su obra. No tenía ninguna determinación especial en cuanto al tipo de mujeres que le provocaban los versos más profundos, pues se había quedado prendado de un buffet de féminas de lo más variado: rubias, castañas, pelirrojas delgadas, regordetas, bajas, altas… pero aunque le costaba admitirlo, las morenas potenciaban su inspiración. La última de la que se quedó  hipnotizado por el contoneo de sus rizos al caminar fue Cayetana. Cuando a la hora de comer él se acercaba a la editorial para conseguir la publicación de alguno de sus poemas, solía cruzarse con ella, acompañada siempre de la borde de Alexia y la sosa de María. Hasta que llegó eterna-almaun momento en el que dejó de ser causal para ser calculado. Él salía del trabajo un poco antes de lo habitual para sentarse en un banco cerca de la editorial, antes de que ella pasase por allí. Sentado la observaba y anotaba en un papel sensaciones que su elegante aspecto suscitaban en él: su cintura de avispa que acentuaba sus curvas, su pálida tez inmaculada como la de una muñeca de porcelana, sus ojos brillantes, sus labios de seda… Y así darles forma de verso por las noches. Hubo un día que el papel se le quedó escaso para describir el momento en que los ojos negros sin fin de Cayetana se cruzaron con sus pupilas dilatadas. Duró solamente 3 segundos, después ella miró hacia abajo y sonrió mientras sus mejillas se volvían coloradas. A partir de ese momento esa mirada penetrante buscaba el encuentro con los ojos anónimos de aquel hombre atractivo con perilla y cuello alargado, que siempre permanecía sentado en el mismo banco cada vez que pasaba por esa calle. Desde aquel cruce visual, la mano derecha de Gerardo quería retirarse al banquillo porque no aguantaba más salir todas las noches a jugar el partido entero. Él se sentía más productivo que nunca, le faltaban horas en la noche para plasmar todo tipo de sentimiento que Cayetana sembraba en él. Consiguió escribir sus mejores poemas, la llave a su primera publicación.

Un día, ella se aventuró a pasar más cerca de él. Cuando ésta se estaba aproximando, él arrancó impulsivamente una hoja de su libreta con la hizo un avión y se lo lanzó. Sin llegar a impactar contra ella, llegó con un suave balanceo a sus pies. Ella le miró con la misma ilusión y nerviosismo que tiene una niña cuando abre los regalos de Navidad.

Como los destellos de la luna llena llaman al hombre lobo, estos también propician nuestro encuentro a media noche.

No hay una sola noche que no pueda contemplar esa belleza que un día me cautivó. Necesito esa evocación del sueño eterno que finaliza con el canto del gallo al amanecer.

No hay una sola noche que pueda pasar sin ser arropado por su calor, sin ver cómo esos rayos de la luna que pernoctan se proyectan sobre su pálida piel retratándola como una diosa que descendió del cielo, pues su belleza no puede ser mortal.

Alexia y María pararon de andar cuando vieron que ella se había quedado atrás leyendo ese trozo de papel. Ella les hizo un gesto con la mano que no sostenía el papel para que continuaran con su paso.

Él se levantó del banco, se dirigió hacia ella y se paró enfrente observando de abajo a arriba cada detalle de su cuerpo hasta detenerse en la cara. Se dio cuenta de que tenía pecas que delataban su inocencia. Cuando ella acabó de leer, levantó la cabeza y clavó su sonrisa en su los ojos de Gerardo.

quisiera_saber

-Quisiera saber el nombre de la musa que me inspira los versos más hermosos de toda mi trayectoria- decía Gerardo mientras se acercaba lentamente hacia ella para cogerle la mano y besarla.

-¿Es costumbre escoger musas desconocidas?- preguntó Cayetana mientras recogía la mano que había sido besada para tocarse el pelo.

-Según lo que dicte mi corazón, pues a su servicio estoy- respondió Gerardo y ella lanzó una inocente carcajada de aprobación. – estoy seguro de que si la conociera más a fondo podría escribir al menos cinco ejemplares como este- exclamó mientras levantaba la mano que portaba su primer libro publicado de poesías.

 

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