El poeta frustrado. Final

Por fin comprendió porque su creatividad comenzó a dormirse, de dónde nacía tal ausencia. Acto seguido, cogió la primera chaqueta que vio, metió el papel en un bolsillo, cogió las llaves y salió a la calle con paso ligero. Se digirió a la casa de Cayetana,  paró enfrente de su cuarto, el más aislado deavion_balcón la casa. Sacó ese trozo de papel escrito e hizo un avión como aquel del día que la conoció. Lo lanzó a la ventana, rebotó contra el cristal y cayó en el balcón. No debió de hacer mucho ruido, pues Cayetana no se acercó al balcón. Entonces Gerardo cogió una piedra pequeña del suelo, y la lanzó. Esa vez sí que Cayetana se percató del ruido porque en seguida apareció por el cristal. Con los ojos achinados tardo un rato en ver a Gerardo, sonrió con cara de sorpresa al verle y abrió el balcón. Él indicó con su brazo la presencia del avión, ella le dirigió inconscientemente la misma mirada que puso aquel día que hablaron por primera vez. A medida que iba leyendo su sonrisa fue reduciéndose como una goma que vuelve a su estado original. Cuando terminó de leerlo, se quedó con la mirada suspendida en el papel, no sabía si tomárselo como un halago o todo lo contrario. Después le miró a él con los ojos desconcertados mientras intentaba tragarse un nudo que se le creó en la garganta y se dio cuenta que no estaba bien. Tenía los puños llenos de sangre y de heridas, los ojos rojos e hinchados y varios chichones en la frente.

-¿Qué pasó amor mío?- preguntó sin levantar mucho la voz llevándose las manos a la boca. -¿Te ha pegado alguien?- Él negó solo con la cabeza. –Voy curarte, ahora mismo bajo- salió corriendo como una liebre que huye.

Bajó con su camisón de blanco pureza que relucía aún más con la luna llena como foco. Cogió el brazo derecho de Gerardo, se lo colocó alrededor de su cuello y con la mano que le quedaba libre le agarró de la cintura. Tras un gran esfuerzo físico al que no estaba acostumbrada, consiguió llevárselo a su cuarto. Lo depositó delicadamente en su cama, primero el trasero, luego el torso y finalmente la cabeza. Dobló su almohada y la colocó quien-te-hizodetrás de la cabeza con mucho cuidado.

– Voy a por unas cosas para curarte, no tardo nada-.

Regresó con una cajita llena de productos. Cogió unos cuantos y se sentó en el borde de la cama y empezó a curarle.

-¿Quién te hizo esto?- preguntó mientras le lavaba el puño derecho.

–Nadie- replicó Gerardo entre sonidos de escozor.

-Sabes que puedes confiar en mí- y cogió la otra mano.

–Ya te lo he dicho, nadie- dijo como si le hubiera escupido la frase en su cara.

-Entonces… ¿has sido tú?- le preguntó Cayetana y él no contestó, tan solo retiró su mano ariscamente. Ante la ausencia de su respuesta, ella no pudo aguantarle la mirada y se levantó. Se fue hacia la cajita y cogió un bote nuevo. –No entiendo porqué has querido hacerte daño– dijo antes de volver a sentarse.

Gerardo seguía sin articular palabra. Ella se sentó, le cogió la mano otra vez y empezó a aplicarle el nuevo producto sobre sus nudillos. Él no paraba de gemir de dolor.

Cayetana paró por un instante, quedándose con la mirada perdida por unos segundos.

-¿Tiene que ver con el poema que he leído hace un rato?- preguntó interrumpiendo ese momento.

Gerardo se recolocó en la cama con una cara de acidez como si hubiera chupado un limón.

–No llegué a entender muy bien que querías expresar con ese texto– ella le dijo buscándole con la mirada.

Él subió su cabeza e hincó sus ojos castaños como si estuviera apuntando con un arma al enemigo, y abrió su boca para disparar.

–Pues que gracias ti no me encuentro inspirado para escribir nuevos poemas-.

-¿Por qué?- preguntó Cayetana con un nudo en la garganta.

Porque el corazón está satisfecho sin dolor alguno, sin ganas de llorar o de quejarse- dijo Gerardo sin parpadear enfocando aún más el objetivo.

-Bueno…- sin saber que decir -…habrá otros temas de los que escribir que no tengan que ver con el corazón, ¿no?- dijo Cayetana con una sonrisa forzada tratando de ser optimista.

-¡No!- respondió él bruscamente levantando la voz y dando un puñetazo a la cama.tu-tu

Cayetana se encogió cuando escuchó el golpe cerrando los ojos, e inconscientemente con los dedos de las manos agarró la sábana, tirando de ella como si fuera su único medio para sostenerse.

-¿No lo entiendes?- dijo Gerardo con los ojos rojos y vidriosos a punto de estallar –una vez conquistada dejas de ser un motivo por el cual escribir poesía.  Estando feliz a tu lado hace que no tenga necesidad de escribir- elevando aún más la voz -y sin la poesía no soy yo mismo-. Bajó la mirada, se quedó pensando por un momento, hasta que volvió a apuntar con la mirada a Cayetana. -¡Tú! Tú has matado a mi yo creativo, que ha huido lejos del mundo feliz que has creado, y para recuperarlo tendré que yo crear otro mundo infeliz– dijo Gerardo mientras no paraban de salírsele las lágrimas.

-¿Y cómo vas a hacer…?- preguntó Cayetana sin poder terminar la frase por temor a su respuesta.

Gerardo sin dejarla opción de terminar, se inclinó hacia delante para coger la almohada que tenía entre su cabeza el cabecero de la cama.  La aplastó contra la cara de Cayetana haciendo una gran presión. Ella se movía como un pez recién sacado del mar, dando sus últimos aleteos antes de morir. Le dio una patada con la que pudo escapar de esa arma mortal y se levantó en la cama para saltar, pero justo cuando iba a iniciar el salto, Gerardo la cogió de tobillo y tiró de ella hacia él.  Ella perdió el equilibrio y colisionó su nuca contra la baranda de hierro al pie de la cama. Acto seguido, cayó al suelo. Un charco de sangre iba bordeando su cabeza paulatinamente.  Gerardo fue corriendo hacia Cayetana y le cogió su muñeca para oír su pulso, pero no había señales de él. Se echó las manos a la cabeza y empezó a llorar sin dar crédito a lo que había hecho. Abrazó el cuerpo inerte de su prometida por unos instantes y después acarició con la mano su frío rostro.

-Lo siento- dijo titubeando –Ahora siempre estarás presente en todos mis escritos– la besó en la frente y revisó si en el cuarto había alguna cosa que fuese suya.

Salió sigilosamente por el balcón dejándolo abierto y se deslizó por la cañería hasta llegar al suelo. Fue corriendo a casa y en una maleta metió todo lo imprescindible. Salió por la puerta y ya nunca más se supo de él en Madrid.

Dicen las malas lenguas que llegó a publicar muchos libros bajo un pseudónimo antes de morir. Nunca llegó a ir a prisión por lo que hizo, sin embargo siempre fue preso de ese mundo infeliz.

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