El poeta frustrado. El final

Por fin comprendió porque su creatividad comenzó a dormirse, de dónde nacía tal ausencia. Acto seguido, cogió la primera chaqueta que vio, metió el papel en un bolsillo, cogió las llaves y salió a la calle con paso ligero. Se digirió a la casa de Cayetana,  paró enfrente de su cuarto, el más aislado deavion_balcón la casa. Sacó ese trozo de papel escrito e hizo un avión como aquel del día que la conoció. Lo lanzó a la ventana, rebotó contra el cristal y cayó en el balcón. No debió de hacer mucho ruido, pues Cayetana no se acercó al balcón. Entonces Gerardo cogió una piedra pequeña del suelo, y la lanzó. Esa vez sí que Cayetana se percató del ruido porque en seguida apareció por el cristal. Con los ojos achinados tardo un rato en ver a Gerardo, sonrió con cara de sorpresa al verle y abrió el balcón. Él indicó con su brazo la presencia del avión, ella le dirigió inconscientemente la misma mirada que puso aquel día que hablaron por primera vez. A medida que iba leyendo su sonrisa fue reduciéndose como una goma que vuelve a su estado original. Cuando terminó de leerlo, se quedó con la mirada suspendida en el papel, no sabía si tomárselo como un halago o todo lo contrario. Después le miró a él con los ojos desconcertados mientras intentaba tragarse un nudo que se le creó en la garganta y se dio cuenta que no estaba bien. Tenía los puños llenos de sangre y de heridas, los ojos rojos e hinchados y varios chichones en la frente.

-¿Qué pasó amor mío?- preguntó sin levantar mucho la voz llevándose las manos a la boca. -¿Te ha pegado alguien?- Él negó solo con la cabeza. –Voy curarte, ahora mismo bajo- salió corriendo como una liebre que huye.

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El poeta frustrado. Parte II

A partir de entonces Cayetana dejó de ser una musa desconocida. Ambos estaban tan enamorados como si fuera el primer amor. Ella apenas dormía, sin que nadie la viera cada noche acudía a casa de Gerardo y regresaba antes del amanecer. Él tampoco dormía mucho porque aprovechaba las horas de su ausencia antes de ir a trabajar para escribir desenfrenadamente. Su amor iba viento en popa, había pasado ya un año desde el primer beso y ella decidió dar un paso más, presentarle a su familia. Él cenó en su casa, era unas 20 veces el tamaño de su apartamento, demasiado grande para una familia de tres personas, aunque tenía servicio de criadas internadas. Al terminar la cena, el padre de Cayetana le ofreció un puro muy especial a Gerardo, cosa que no suele hacer con todos sus invitados. Mientras, su madre estaba en la cocina sin parar de hablar de él, que si Gerardo esto, que si Gerardo lo otro…. Cayetana aquella noche durmió en casa, pero con una sonrisa como la que le sale inconscientemente cuando duerme con Gerardo.

Éste regresó a casa con el cuerpo relajado y sonriendo  de oreja a oreja. Nunca antes se había tansolounanosentido así de lleno y satisfecho. Después una semana en el que le entraban sudores cada vez que pensaba en la cena (era la primera vez que se enfrentaba a tal situación), al fin se pudo sentar en la butaca dejando caer el peso muerto de su cuerpo y con la mente  ligera y relajada lista para escribir. En tan solo un año había publicado tres libros, la falta de sueño acumulada cobró finalmente su recompensa, sin embargo en las últimas semanas sus versos se habían diluido poco a poco perdiendo intensidad a medida que pasaban los días. Justo esa noche la inspiración le abandonó por completo (no le había pasado antes, al menos que él recordase) y no consiguió escribir ni un solo poema que estuviera al nivel de los otros. No le dio importancia, estaría cansado simplemente, así que enfundó la pluma y se fue derecho a la cama. A partir de aquella noche se tomó unos días de descanso en los que aprovechó a pasar más tiempo con Cayetana e incluso le pidió la mano. Ella aceptó con un sí rotundo que proclamaba el éxito de Gerardo en el amor, contrarrestando el vaticinio de su fracaso en la escritura.

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Poeta frustrado. Parte I

balcón_abiertoAquella noche la luna había sido testigo de un atroz acontecimiento, tras el cual quedó escondida entre las nubes, pues no quería iluminar tan horrible escena. A través del balcón, el baile de las cortinas al son del viento dejaba entrever a la inocente Cayetana, que yacía en suelo sin aquella dulce sonrisa y ese brillo en los ojos que la caracterizaba. Su larga y densa melena negra, con la que un pretendiente podría trepar por su balcón, se teñía poco a poco de un rojo oscuro, como el de un pétalo de rosa marchito. A lo lejos ya no parecía ella. Pasó un tiempo hasta que Martina pegase un grito desgarrador que acabó en un llanto indefinido cuando vio el cuadro que se había creado en aquella sala. Se asomó corriendo al balcón en busca y captura del autor, pero había ni un rastro de él.

Madrid, 1880                                                                                        

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Siguiéndome

Al llegar a mi casa, y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme. No sé a dónde me llevaba ni que intentaba. Íbamos por la calle principal del barrio, pero enseguida se metió por una calle secundaria. Una vez cogido su ritmo, me pude fijar en él, tenía el pelo como un ovillo enredado y la barba de dos meses, parecía el yo de hace tres años.  También llevaba esa camiseta de rayas horizontales, que solía ponerme en esa época y que ahora no lo haría ni muerto, me trasmite malos recuerdos. No entendía muy bien de que iba todo esto. No podría tratarse de una alucinación pues no había causa alguna, hace mucho que ya no consumía.

SIGUIENDO

Pero…  ¿Y si fuera exactamente el yo del pasado? ¿Y si fuese un intento de decirme algo? Tras este debate interno, perdí el ritmo. Su paso era bastante ágil y costaba seguirle sin llamar la atención, esquivando todos los obstáculos urbanos que se me presentaban. Temía que si se girase y me viera, acabase esfumándose como Eurípides en la oscuridad.

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No sabía que las margaritas podían decir No

Te encontré fortuitamente sobre un mosaico de color verde acompañado de otras plantas llamado césped, humedecido por el rocío de las frescas mañanas del verano. Te hallabas apartada del resto, porque eras una margarita distinta. Pronto cogimos confianza, nunca creí que llegaría a este punto con una flor (puesto que las relaciones ente las flores y yo no están hechas para mí)

Al tiempo me rechazaste, pasaron los meses y me rechazaste por segunda vez. Yo lo comprendí. Me dijiste que no, que no querías que te arrancase un pétalo para quedármelo como recuerdo. Supongo que sería porque te haría daño o porque no querías que me llevase una parte de ti conmigo, no lo sé, pero ahora ya no importa.
Pasó un año y me dijiste que había otro ser que se encargaba de olerte todos los días. Un animal, una persona, una bacteria, un…… no lo sé, no sé qué ser porque nunca me especificaste, como siempre callaste posteriormente sin decir palabra sobre el asunto.

margaritasTodo me pilló por sorpresa, porque no sabía que las margaritas podían decir NO y tampoco sabía que podían elegir quién era el ser adecuado para olerlas. Ahora entiendo y sé que yo no era ese ser, no me preguntes ¿por qué?,  no sabría qué decirte, simplemente lo sé. Lo que pasa es que antes no lo veía, quizá porque me quedaba hipnotizado por el color blanco de tus suaves pétalos que absorbían todo el blanco que pudiera crearse en mi cabeza para que así yo siempre tuviera ideas, pensamientos, creaciones… ¡eras mi inspiración! (siempre te lo decía susurradamente y tú no me creías)

Pero ahora me doy cuenta de que no me gustan las margaritas en verdad, de que tu blanco no era el autor de mis creaciones o ideas, sino que era yo (simplemente que no me quedaba en blanco porque estaba a gusto contigo, feliz con la idea de que algún día te olería), de que verdad no tenías olor, y que una vez más se confirma que las relaciones entre las flores y yo no están hechas para mí.

Pero en parte te doy las gracias porque me enseñaste cosas, cosas que han aportado algo a mi existencia. Creí que nunca me olvidaría de tu color blanco, pero el tiempo lo ha borrado todo. Y ahora me fijo en otros colores y en otros seres, porque ya no me gustan las margaritas con pétalos blancos como la nieve.

Fmdo: esa abeja que tú ya sabes


 

La tía Asun se enamoró solo una vez en la vida

Ocho de la mañana. Hoy no voy a clase. Hoy se supone que es un día triste, a pesar de que no me siento así, pero está estipulado que debe ser así, porque voy un funeral. Ha muerto mi tía Asun. Cuando llegué realmente había pocas personas llorando. Y eso me hacía sentirme culpable porque estaba en un entierro y no me sentía triste a pesar de ver un familiar ahí tumbado con los ojos cerrados. Pero en parte, sé que no era del todo culpa mía sino de la relación distante que mantenía con esa mujer vieja, soltera y amargada que llamaba tía.

destaque1_tia-asunCuando terminó el funeral mi familia y yo nos dirigimos a su casa para recoger sus cosas, y a mí me tocó la habitación de invitados y su habitación. Primero hice la habitación de invitados y fue horrible, las motas de polvo inscrustradas junto con las telarañas ya formaban parte de la decoración . Una vez acabada esta primera habitación, cansada, me dispuse a terminar de una vez por todas con su habitación. Era aún peor, el doble de grande y sucia, que hizo que me enervara aun más. Mientras estaba empaquetando sus cosas personales… refunfuñaba: -¿por qué diablos tenías yo que hacer esto?, ¡pringar un jueves en una casa vieja cuando realmente podría estar haciendo algo mucho más interesante!, porque apenas la conocía, ¿qué había hecho ella por mí?- De repente abrí el armario de ropa, me quedé anonadada porque había más cajas que ropa, tan solo tenía cuatro camisas, tres faldas y poco más. Entonces aparqué mi enfurruñamiento para llenar mi cabeza de ¿Cómo había acabado así?¿Qué había pasado en su vida para que terminase así, sola amargada, “pobre”, teniendo como única familia a nosotros? En ese barullo de pensamientos, interrogantes sin respuesta aparente, me di cuenta de que entre todas las cajas de cartón que contenían recibos, cartas del banco, periódicos viejos…… había una caja distinta, pequeñita, de metal, que captó toda mi intención. Hizo que paralizase mi labor de ordenar y recoger, para centrarme en ella, para matar mi curiosidad viendo lo que había dentro.

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Así que no tardé un segundo más en abrirla. En su interior albergaba unas hojas amarillentas acompañadas de unas motitas de polvo. Pensé que serían unas cartas, pero esa primera impresión se desvaneció en el momento que me dispuse a leer para darme cuenta de que en realidad era un diario, solo que no estaba en el formato al que estamos acostumbrados. Fue escrito en el 53, cuando ella más o menos tenía 28 años.

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Odio la lluvia

A pesar de que la lluvia guste a muchas personas, de que sea muy estética y  un recurso muy utilizado en cine, fotos, relatos y demás, yo la odio. 

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Nunca olvidaré esa tarde que prometía ser soleada, pero que acabó en tormenta. Tenía ocho años y jugaba tranquilamente en el jardín. El cielo se volvió gris y rompió a llorar de repente. Me resguardé en casa. Para mi sorpresa cuando entré, mi madre estaba llorando a la vez que gritaba, mi padre también soltaba rayos por su boca mientras terminaba de hacer una maleta.

-¡No puedes dejarnos así!- exclamó mi madre desesperada. Mi padre me miró con los ojos vidriosos y no me dijo nada, pero me bastó para saber que me pedía perdón por lo que iba a hacer, me pedía perdón por salir por esa puerta y desentenderse de mí.

-Pero papá ¿a dónde vas? ¡Está lloviendo! ¡Te vas a mojar! – eso no importa ahora hijo – dejó que actuase el silencio un pequeño instante. – Me gusta mojarme – me sonrió, pero esa sonrisa no pudo evitar que se le escapase una lágrima y se fue.

Acto seguido corrí hacia la puerta, la abrí mecánicamente sin que mi mente procesara tal acción, corrí, corrí hacia él como si me fuera la vida en ello. Grité – ¡Papá, Papá! – sin ser consciente, en esos minutos yo no era dueño de mis actos, sino mi miedo, mi instinto, mi amor por él, se apoderaron de mí. Mi padre no me oía, la lluvia iba directa a mis ojos y me impedía ver con totalidad. En ese momento tan intenso para mí, cada gota de lluvia que impactaba en mi joven piel, me golpeaba, actuaba como pequeños pinchos que me atacaban sin piedad alguna. Apenas veía nada, entre una marea de agua yo seguía gritando en busca de mi padre.

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Cuando pregunté – ¿por qué papá… – antes de que llegase a terminar la pregunta que me salía de mis entrañas oí como un coche venía hacía mí e intentaba frenar, pero había poco tiempo de reacción. Yo cerré los ojos como hago en mis pesadillas para protegerme. A lo lejos oí el grito de mi padre -¡Kevin NO!- que finalizó con un chirrido de ruedas frenando y el ruido que causan los cuerpos al chocar con la carrocería de un coche. Abrí los ojos. No veía nada pero sin embargo el miedo hizo mella en mí. Me los sequé y vi a mi padre tirado en el suelo con su ropa esparcida a su alrededor. Aquella ropa que iba a vestirle ese tiempo que estuviera lejos de mí. Aquella ropa que jamás se volverá a poner. Me quedé en blanco contemplando tal tragedia. No pensaba en nada. No sentía nada. Tan solo tenía frío. Tiritar era mi única actividad. Bueno si que sentía algo en realidad, soledad, pero la asocié al olor de la lluvia para no interiorizarla y dejar que se llevase ese sentimiento.

Una vez leí en un libro que uno de los personajes decía a sus amigos que su padre se lo llevó la Tormenta. Pues bien, yo ahora digo que mi padre se lo ha llevado la Lluvia. Si no hubiese llovido, yo hubiera visto el coche y mi padre…, en fin odio la lluvia. Aquel día se llevó a mi padre y una parte de mí que jamás retornará. Odio la lluvia, se llevó mi inocencia. Y cada vez que huelo el a recién llovido, cada vez que veo llover o que una gota me cala, me recuerda que una vez me sentí solo, que una vez tuve padre, que una vez fui niño… que una vez me abandonaron.