El poeta frustrado. Parte II

A partir de entonces Cayetana dejó de ser una musa desconocida. Ambos estaban tan enamorados como si fuera el primer amor. Ella apenas dormía, sin que nadie la viera cada noche acudía a casa de Gerardo y regresaba antes del amanecer. Él tampoco dormía mucho porque aprovechaba las horas de su ausencia antes de ir a trabajar para escribir desenfrenadamente. Su amor iba viento en popa, había pasado ya un año desde el primer beso y ella decidió dar un paso más, presentarle a su familia. Él cenó en su casa, era unas 20 veces el tamaño de su apartamento, demasiado grande para una familia de tres personas, aunque tenía servicio de criadas internadas. Al terminar la cena, el padre de Cayetana le ofreció un puro muy especial a Gerardo, cosa que no suele hacer con todos sus invitados. Mientras, su madre estaba en la cocina sin parar de hablar de él, que si Gerardo esto, que si Gerardo lo otro…. Cayetana aquella noche durmió en casa, pero con una sonrisa como la que le sale inconscientemente cuando duerme con Gerardo.

Éste regresó a casa con el cuerpo relajado y sonriendo  de oreja a oreja. Nunca antes se había tansolounanosentido así de lleno y satisfecho. Después una semana en el que le entraban sudores cada vez que pensaba en la cena (era la primera vez que se enfrentaba a tal situación), al fin se pudo sentar en la butaca dejando caer el peso muerto de su cuerpo y con la mente  ligera y relajada lista para escribir. En tan solo un año había publicado tres libros, la falta de sueño acumulada cobró finalmente su recompensa, sin embargo en las últimas semanas sus versos se habían diluido poco a poco perdiendo intensidad a medida que pasaban los días. Justo esa noche la inspiración le abandonó por completo (no le había pasado antes, al menos que él recordase) y no consiguió escribir ni un solo poema que estuviera al nivel de los otros. No le dio importancia, estaría cansado simplemente, así que enfundó la pluma y se fue derecho a la cama. A partir de aquella noche se tomó unos días de descanso en los que aprovechó a pasar más tiempo con Cayetana e incluso le pidió la mano. Ella aceptó con un sí rotundo que proclamaba el éxito de Gerardo en el amor, contrarrestando el vaticinio de su fracaso en la escritura.

En su intento por volver a la rutina de la pluma nocturna, la productividad no estaba de su lado, apenas conseguía remontar con un poema decente al mes y eso le iba destruyendo por dentro como persona perfeccionista que era. Cada día que no conseguía escribir algo con calidad se volvía más arisco, como el gato que da un zarpazo al sentir la amenaza, siendo la víctima de sus arañazos su propia prometida. Cuando pasaba la noche con Cayetana, constantemente estaba deseando que se marchara para ir corriendo a su escritorio y recuperar la inspiración dormida, pues él sabía que estaba ahí pero por alguna razón no despertaba.

Una noche, tras marcharse Cayetana, él se dirigió al escritorio y cogió de una pila de papeles un poema que tenía sin acabar. En vez de escribir algo nuevo, terminaba fusilando de un plumazo todos los versos hasta dejar marginado el título del poema. Impotente como el mudo que intenta emitir sonidos, acabó estrujando la hoja con un solo puño quedando reducida a una bola del tamaño de una canica, que después tiraría hacia el suelo con tanta rabia que  llegó a rebotar. Se levantó de la silla de un impulso y comenzó a andar por el cuarto cabizbajo, con una bola3-con-fondomano jugando con su pelo y la otra en la cintura mientras recitaba antiguos poemas. Cuando creía que tenía algún verso, volvía corriendo al escritorio para plasmarlo en el papel pero siempre acaba en forma de bola, y así se pasó un buen rato hasta completar una colección de canicas en el suelo que dificultaban el paso por la habitación. Cogió el retrato de su musa con el anhelo de despertar la inspiración con ella, pero ni si quiera la belleza que llegó a cautivarle era capaz de desbloquear el candado de la iluminación. La yema de los dedos de su mano derecha, la misma que manejaba la pluma, recorrían al paso de tortuga cada rasgo de Cayetana, sus rizos, sus pecas, sus labios…Rompió a llorar mientras miraba el retrato

– ¡Ya no eres mi musa!- exclamó en un grito amargo – ¡ya no eres mi musa! ¿Me oyes?- repitió subiendo el volumen de su voz destrozada mientras estrelló el retrato contra la pared.

Cada vez que repetía la frase era como una inyección de rabia que desencadenó su lado más salvaje y sin poder contenerse, iba arroyando todo lo que estaba por su paso, libros, sillas, el florero, el escritorio…Estaba fuera de sí mismo, lanzaba puñetazos a las paredes para apagar su fuego interior, al mismo tiempo hacía el esfuerzo por acordarse de los momentos buenos que había pasado con ella, pero era como añadir agua a una sartén con fuego y aceite. Con los puños chorreando, sentía que el cuarto estaba ardiendo, así que salió corriendo a la calle. En medio de la calzada, apenas iluminada por la luna llena, se paró y se puso a pensar en qué pasaría si nunca más Cayetana estuviese a su lado. Con las manos en la cabeza se auto golpeaba por tener pensamientos impuros hacia ella. Volvió a casa corriendo y cogió un trozo de papel y desenfundó la pluma. Escribió con la misma fluidez que solía hacer en sus tiempos buenos.

poeta

De las enteras noches de insomnio han salido los versos más bellos, las palabras más profundas y los sonidos más melódicos. Ahora esas noches se han extinguido porque tú estás ahí, ese somnífero que me acuesta todas las noches camuflado en canciones susurradas. Y ahí reside la cuestión. La inspiración se esfumó como estrella fugaz que se consume antes de ser vista, porqué no encontró queja, resentimiento, protesta, ni disconformidad alguna. Su ausencia teñía de blanco mis escritos. El tiempo pasaba y el cielo no contemplaba más estrellas fugaces.

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