Odio la lluvia

A pesar de que la lluvia guste a muchas personas, de que sea muy estética y  un recurso muy utilizado en cine, fotos, relatos y demás, yo la odio. 

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Nunca olvidaré esa tarde que prometía ser soleada, pero que acabó en tormenta. Tenía ocho años y jugaba tranquilamente en el jardín. El cielo se volvió gris y rompió a llorar de repente. Me resguardé en casa. Para mi sorpresa cuando entré, mi madre estaba llorando a la vez que gritaba, mi padre también soltaba rayos por su boca mientras terminaba de hacer una maleta.

-¡No puedes dejarnos así!- exclamó mi madre desesperada. Mi padre me miró con los ojos vidriosos y no me dijo nada, pero me bastó para saber que me pedía perdón por lo que iba a hacer, me pedía perdón por salir por esa puerta y desentenderse de mí.

-Pero papá ¿a dónde vas? ¡Está lloviendo! ¡Te vas a mojar! – eso no importa ahora hijo – dejó que actuase el silencio un pequeño instante. – Me gusta mojarme – me sonrió, pero esa sonrisa no pudo evitar que se le escapase una lágrima y se fue.

Acto seguido corrí hacia la puerta, la abrí mecánicamente sin que mi mente procesara tal acción, corrí, corrí hacia él como si me fuera la vida en ello. Grité – ¡Papá, Papá! – sin ser consciente, en esos minutos yo no era dueño de mis actos, sino mi miedo, mi instinto, mi amor por él, se apoderaron de mí. Mi padre no me oía, la lluvia iba directa a mis ojos y me impedía ver con totalidad. En ese momento tan intenso para mí, cada gota de lluvia que impactaba en mi joven piel, me golpeaba, actuaba como pequeños pinchos que me atacaban sin piedad alguna. Apenas veía nada, entre una marea de agua yo seguía gritando en busca de mi padre.

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Cuando pregunté – ¿por qué papá… – antes de que llegase a terminar la pregunta que me salía de mis entrañas oí como un coche venía hacía mí e intentaba frenar, pero había poco tiempo de reacción. Yo cerré los ojos como hago en mis pesadillas para protegerme. A lo lejos oí el grito de mi padre -¡Kevin NO!- que finalizó con un chirrido de ruedas frenando y el ruido que causan los cuerpos al chocar con la carrocería de un coche. Abrí los ojos. No veía nada pero sin embargo el miedo hizo mella en mí. Me los sequé y vi a mi padre tirado en el suelo con su ropa esparcida a su alrededor. Aquella ropa que iba a vestirle ese tiempo que estuviera lejos de mí. Aquella ropa que jamás se volverá a poner. Me quedé en blanco contemplando tal tragedia. No pensaba en nada. No sentía nada. Tan solo tenía frío. Tiritar era mi única actividad. Bueno si que sentía algo en realidad, soledad, pero la asocié al olor de la lluvia para no interiorizarla y dejar que se llevase ese sentimiento.

Una vez leí en un libro que uno de los personajes decía a sus amigos que su padre se lo llevó la Tormenta. Pues bien, yo ahora digo que mi padre se lo ha llevado la Lluvia. Si no hubiese llovido, yo hubiera visto el coche y mi padre…, en fin odio la lluvia. Aquel día se llevó a mi padre y una parte de mí que jamás retornará. Odio la lluvia, se llevó mi inocencia. Y cada vez que huelo el a recién llovido, cada vez que veo llover o que una gota me cala, me recuerda que una vez me sentí solo, que una vez tuve padre, que una vez fui niño… que una vez me abandonaron.

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